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lunes, 6 de octubre de 2008

La moral no se experimenta: se intuye

Pretender, normalmente como autoengaño, derivar la moral de la experiencia es uno de los grandes errores de nuestros falsamente empíricos días.

La experiencia únicamente es un medio más para que la razón, tomando como base el más hondo querer, fundamente el actuar. Pero la moral habita en ese querer, en la voluntad última, en la más profunda intuición o repulsa.

La ciencia tal vez, y siempre que el ser humano no trascienda la experiencia, podría decirnos qué desea cada cual en cada momento: podría determinar la moral instantánea de cada individuo. Pero nada podrá decir sobre la moral. Ésta nunca dejará de ser una apuesta... necesariamente personal, aunque no por ello se pueda negar que exista una moral universal.

Hume ya separó el ser del deber ser. Separó la experiencia de la moral. Seguramente no fuera empirista.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Buscando un fin sobre las olas

... y el mar bordeaba mi silueta menuda. 7 años eran entonces suficientes para adentrarse en un mar dispuesto al juego, rebosante de una espuma de apuestas constantes que reservaba el arrepentimiento a la resaca de los cobardes.

Y ante cada ola, inconsciente, sólo felicidad hallaba en las dos opciones que se presentaban: flotar sobre la cresta soñándome ingrávido, o sumergirme bajo el golpe de agua dejando mi cuerpo tambalearse al compás de la marea...

... pero sólo podía elegir una. Y la angustia pesaba tras cada decisión preguntándome: ¿realmente era esa la mejor opción? ¿Cómo saberlo? ¿Podía realmente buscar esa respuesta dentro de mí? ¿O sería mejor dejar que mi voluntad fluyera como el agua bajo mis pies?

Lo único que mi razón conseguía aclararme es que nadie podría ayudarme... alrededor ni siquiera parecían vivir mis mismas sensaciones...

El mar fue creciendo con los años, y con él las oportunidades, los riesgos y las posibilidades de elección. Mientras, su brisa adornaba las olas con un recuerdo de felicidad y angustia... ¿existirá algún fin que se pueda posar triunfante sobre ellas? ¿Podría mi razón conocer algún deseo al que mi voluntad se entregara por encima de cualquier sueño? Y si realmente pudiera... ¿no debería ello ser común a toda razón?

Tal vez a la razón le toca agachar la cabeza y retirarse fracasada. Pero el mar no cesa su travesía, y sigue tocando decidir. Sólo se vive si se apuesta. El arrepentimiento queda reservado para el que renuncia a jugar. Para todos los demás arrepentirse es no enteder el juego.

lunes, 22 de octubre de 2007

La necesaria finalidad del bien

Uno de los grandes problemas de la ética nace de desnudar el "bien" de toda finalidad.

Aristóteles queda olvidado. El bien, lo bueno, antaño definido por el macedonio como lo útil para alcanzar un fin dado, pasa a vivir sin recordar su fin... aunque éste nunca dejara de existir.

El bien se convierte así en un imperativo sin más fin que él mismo (Kant) y el adjetivo "bueno" se convierte en algo indivisible, indefinible (Moore). Bueno es bueno... el fin ha desaparecido. El bien se enseña como obligado por sí mismo, quedando preso de la tradición, lejos de la razón.

Pero si el bien no tiene finalidad... ¿por qué ha de ser seguido? ¿Qué hay en él que obligue su búsqueda?

Aún peor: ¿quién ha decidido dónde está el bien?

Solo la existencia de un fin da un sentido racional al bien, y lo convierte en imperativo. Sólo la voluntad, privada y libre, fuente de todo fin humano, puede basar la decisión sobre lo bueno.

Voluntad que tal vez decida no decidir.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Razón: al servicio del deseo

Vacío es el razonamiento mientras no se llenen las premisas. Pura forma, enorme nada queda en el actuar (ojalá libre) si sólo tenemos la razón... nada sólo evitable por el relleno de nuestros deseos.

Sólo los fines que deseamos son conocidos de manera inmediata en el ámbito de la decisión... solo la voluntad puede formar parte de la premisa original para la razón. Todo lo demás no son más que irracionales apuestas (sensaciones, recuerdos, sueños) que colocan nuestros fines en el mundo apostado, quedando la razón como el autómata que decide la jugada para conseguir lo buscado.

Nada puede decir la razón de los fines; su ámbito queda relegado a los medios. Medios que pueden confundirse con fines... fines de los que no se puede garantizar su coherencia. ¿Deberemos apostar por ella?

viernes, 31 de agosto de 2007

Voluntariosos voluntariamente... o no.

El conocimiento de nuestra existencia nos lleva a reconocer de manera inmediata, e incluso como intrínseco al existir humano, nuestra voluntad, nuestro querer realizar(nos). Después, infinitamente después, como simple herramienta al servicio de la voluntad, nos permite vislumbrar (con su uso) la razón.

Razón que no puede dar razón de la voluntad, pues ésta le trasciende. Razón que aun así no puede dejar de preguntarse:

¿Seré yo esa voluntad o simplemente soy capaz de conocerla sin participar de ella?
¿Será esa voluntad libre o vendrá determinada por normas externas?

Preguntas al aire que resuenan como eco incapaces de encontrar respuesta. Búsqueda tan incómoda como estéril que provoca la huida hacia adelante, respondiendo y aceptando la respuesta como si de una iluminación (y no como una apuesta) se tratase, y guardando las preguntas en el cajón más remoto de la razón. Su oscuridad no evita su insistencia:

¿Somos voluntariosos? ¿Voluntariamente?

martes, 14 de agosto de 2007

Autonomía y voluntad

No hay más moral que la autónoma. No hay más base que la voluntad. Autonomía que nace de la libertad. Voluntad que quiere sentirse libre.

Ojalá que lo que quiera que estuviera en el principio, ordenando la inmensidad de la nada, pudiera pensarnos y nos pensara libres. Sólo soledad queda sin el deseo original de libertad. Sólo un sueño hueco donde todo vale salvo decidir. Sólo nada.